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La trascendencia de la lectura de
El Capital de Bolívar Echeverría para América Latina*

Luis Arizmendi




Bolívar Echeverría

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II
La trascendencia
de la lectura praxeológico-concreta de El Capital de Bolívar Echeverría

Leer el siglo XX como el “Siglo de la Barbarie”, como un siglo en el que como nunca “tantas posibilidades sociales y técnicas de felicidad, de armonía entre los hombres y entre éstos y la naturaleza, fueron convertidas de manera tan sistemática en compulsiones a la desgracia y la destrucción”,1 ofrece la llave de acceso para descifrar a lo que aludía Bolívar Echeverría cuando, al realizar su evaluación de la historia del marxismo como discurso en situación ante la marcha incólume de la modernidad como barbarie, denunció la “crisis del marxismo”. Aquello que Maurice Merleau-Ponty, llevando más lejos el planteamiento que había formulado en Humanismo y Terror, trazó al hablar de Las aventuras de la dialéctica, esto es, aventurarse hacia un marxismo en el cual “lo que está caduco no es la dialéctica, es la pretensión de terminarla en un fin de la historia”, o dicho de otro modo atreverse al viaje de un marxismo que rompe con toda “hipótesis progresista”;2 desde el mirador Bolívar Echeverría, lleva a que la “crisis del marxismo” vuelve imprescindible la crítica del marxismo progresista, lo que de ningún modo es sinónimo de convocatoria al abandono del proyecto crítico del progreso. De un proyecto en el cual –por contraste con Merleau-Ponty– la “eliminación del sin sentido” si exige la producción consistente, si no de uno sólo, sí de “sentido en la historia”.
 &nbsNegarse a asumir, pese a todas las masacres y las catástrofes, un diagnóstico tan contundente y condenatorio del siglo XX como siglo de la barbarie, insistir en voltear a ver desde la ceguera ante la devastación la historia económico-política contemporánea como una flecha que puede tener oscilaciones pero va hacia adelante, eso es, precisamente, lo que define al marxismo progresista. Nacido de su integración y derrota bajo las ilusiones del mito del progreso, en el curso del siglo XX, el marxismo progresista se desdobló en dos versiones, desafortunadamente preponderantes y a través de las cuales el marxismo se mundializó desfigurándose: el marxismo socialdemócrata y el marxismo soviético.
  Mientras el marxismo socialdemocráta emanó específicamente del Bernstein Debate, antes de la “época de la guerra total” (1919-1945) –como la denomina Hobsbawn –,3 pero luego de ella no sólo no retrocedió en sus ilusiones, sino que las propagó con mayor amplitud, más que sólo por Europa, además por EU, América Latina y Asia –volviendo a plantear que la modernidad capitalista había dejado atrás, en su historia decimonónica, la inevitable repetición ciclíca de las crisis para entrar en una era de progreso económico ad infinitum, que en todo caso requiere del diseño de la política económica más ad hoc desde los Estados nacionales para ser irreversible–; el “marxismo soviético” –para usar la expresión de Marcuse– desfiguró el marxismo al hacer de él un discurso oficial funcional al Estado autoritario estalinista y, justo por eso, persistió en una postura que combinó ceguedad y amnesia ante los múltiples horrores y atrocidades derivados del despliegue histórico de la violencia político-destructiva ejercida por éste. Uno y otro se caracterizan como discursos en situación ante la historia del siglo XX. Como discursos teórico-políticos que, ante la marcha de una forma u otra de la barbarie, toman posición por evadir su reconocimiento y asumir que la historia es destino, que un único camino hacia el porvenir la constituye y que, pese a los vaivenes, el progreso económico-político está deterministamente garantizado y es inquebrantable. Porque en un tiempo de muerte el marxismo progresista no tomó posición por los fundamentos de la vida social-natural generó la “crisis del marxismo”.
  Sin embargo, ahí donde el marxismo progresista conducía la historia del marxismo hacia su desfallecimiento y hasta casi su extinción, al mismo tiempo, a contrario sensu, lo empujaba hacia la vitalización de su criticidad radical el que cabe denominar marxismo crítico o clásico. “Crisis del marxismo”, entonces, de ningún modo es una expresión con la que el mirador Bolívar Echevería aluda al marxismo tout court en general. Su denuncia se dirige, precisamente, a las dos versiones del marxismo integradas y vencidas por el mito del progreso. Frente y contra el marxismo progresista, como discurso en situación, negándose a admitir el autoritarismo y la barbarie, rechazando atravesar por un tiempo de muerte a partir de mistificarlo, sosteniendo siempre posiciones por la vida y la autogestión, estuvo ahí el marxismo crítico. Un marxismo que denunció, una y otra vez, la unidad inextricable de crisis y mundialización en la historia capitalista, que nunca cayó en las ilusiones de una belle époque interminable y que jamás renunció a su compromiso con el proyecto anticapitalista de la revolución.
  Porque El Capital abre el horizonte de intelección a partir del cual puede hacerse pedazos al discurso del poder contemporáneo y el mito del progreso en todas sus configuraciones, permitiendo descifrar la legalidad de la modernidad y la mundialización capitalistas, es que a lo largo de su historia el marxismo crítico o clásico siempre colocó como eje vertebrador de su criticidad y sus debates en torno a nuestra era las diversas lecturas que desarrolló del magnum opus de Marx.
  Si atravesamos y desactivamos el pernicioso obstáculo epistemológico que constituyen para acercarse a Marx en el siglo XXI, las infortunadamente preponderantes lecturas desvirtuantes de El Capital en el curso del siglo pasado, lecturas impactadas y sustancialmente absorbidas por uno u otro tipo de encomio al capitalismo desde el marxismo progresista y el influjo que éste interioriza de la mainstream economics, es decir, si rebasamos la lectura positivista –que reduce El Capital a mero estudio de caso, mutilándolo como análisis de la economía inglesa del siglo XIX, lo que significa lanzar por la borda su amplia y compleja crítica a la mundialización capitalista–, la lectura historicista –que reduce la obra de Marx al siglo XIX, cercenando su crítica a la legalidad de largo plazo de la acumulación global para así poder reevaluarla desde el mito del progreso–, y la lectura modular –que pretende hacer de Marx una especie de anti-Marx, o sea un autor que con sus esquemas de reproducción presuntamente daría la prueba de verdad de un crecimiento ad infinitum en equilibrio del capitalismo–, entramos en el universo de las lecturas poderosas de El Capital que produjo el marxismo crítico o clásico.
  La lectura de Bolívar Echeverría no sólo significó, en los setenta y ochenta del siglo XX, una vía de acceso al marxismo muy superior y contrapuesta al althusserianismo y el marxismo soviético, tan contrarios a la teoría crítica de la enajenación y que tan preponderantes resultaron en América Latina. Más aún, desde su avanzada lectura de El Capital, no sólo significó una vía de acceso al marxismo clásico que logró alcances superiores a los efectuados por las perspectivas sustentadas en la teoría de la enajenación en nuestro subcontinente: rebasando la gran contribución de Adolfo Sánchez Vázquez –debido a que su crítica a la enajenación contemporánea en la mundialización capitalista no cae en ninguna medida de acriticidad ante la URSS–,4 o el horizonte político de José Revueltas –debido a que su crítica a la enajenación política contemporánea está fundamentada en una concepción de la ambivalencia de la modernidad capitalista que no se hunde en el desencanto–.
 &nbsDentro del gran universo del marxismo clásico tanto en Occidente como en Oriente, a la hora de compararla con la lectura estructuralista de Althusser y Balibar,5 las lecturas epistemológicas de Ilienkov,6 de Kosík7 o de gigantes como Grossmann 8 y Rosdolsky,9 la lectura genético-estructural de Zeleny,10 la lectura crítica de la enajenación global de Lukács11 o las lecturas histórico-concretas de Rosa Luxemburgo12 y Ernest Mandel, 13 la lectura de Bolívar Echevería emerge como una desde la cual pueden forjarse múltiples diálogos luminosos profusos y profundos con todas, pero, sin duda, a la hora de evaluarla ante la complejidad del siglo XXI, la suya consigue posicionarse como la más avanzada.
  En la entrada al nuevo siglo, sencillamente es imposible valorar en todos sus alcances el mirador Bolívar Echeverría si no se coloca por delante como plataforma vital de la totalidad de sus contribuciones en historia, economía, sociología política, filosofía, antropología, cultura, semiótica y arte, su innovadora y radical lectura de El Capital. Que constituye la llave epistemológica sine qua non para aprehender su crítica a la crisis civilizatoria de nuestra era.
  Dentro del universo del marxismo crítico o clásico, quizás lectura praxeológico-concreta sea la expresión conceptual más adecuada para caracterizar y definir la lectura echeverriana de El Capital.
  A la hora de introducir la praxis como fundamento de la Crítica de la economía política, es decir, al indagar el profundo choque entre el sentido del proceso de reproducción social, dirigido a la afirmación de la vida social-natural, y el contra-sentido que impone el proceso de acumulación del capital, instaurando una legalidad abstracta en la cual la producción está al servicio de la explotación productivista ininterrumpida e incesante de plusvalor internacional –la legalidad de “la producción por la producción misma” de la que hablaba Marx y que desemboca en la hybris del progresismo, del progreso por el progreso económico en sí sin importar los fundamentos de la vida de la sociedad y de la naturaleza–, Bolívar Echeverría llevó hacia su frontera más avanzada la conceptualización praxeológica en la historia del marxismo crítico o clásico, justo y ante todo, porque posicionó como núcleo totalizador del horizonte de intelección de El Capital la contradicción valor/valor de uso.14 Al posicionar la praxis en clave de valor de uso como plataforma de la Crítica de la economía política, fundó un horizonte radical que permite cuestionar en todos sus alcances la combinación esquizoide de progreso y devastación que despliega la mundialización capitalista en nuestra era.
  En sus magníficas obras El Anti-Edipo y Mil Mesetas,15 Deleuxe y Guattari fueron los primeros, en las fronteras del marxismo crítico, en formular y explorar la compleja dialéctica entre capitalismo y esquizofrenia. Sin embargo, aunque su perspectiva indaga de modo audaz el impacto que desde la producción suscita la “máquina capitalista” en la psique subjetiva individual y colectiva generando esquizofrenia, por contraste con el neurótico –que se entrampa en los códigos establecidos– y el perverso –que crea territorios artificiales–, ven en la esquizofrenia una experiencia confusa de desestabilización y fracaso pero también y ante todo una “línea de fuga”. Una línea psico-social que denominan “desterritorialización” puesto que asume llevar hasta sus últimas consecuencias la pérdida del supuesto “mundo verdadero”, que admite llevar a límite volver todo inválido para presuntamente asi poder reinventarlo. En este sentido, su exploración de la dialéctica capitalismo/esquizofrenia no puede dejar de multiplicar las incertidumbres y propiciar un delicado cul de sac: en lugar de andar una vía por la cual la producción de esquizofrenia sea cuestionada como la dinámica de una catástrofe en la que se juega acumulación explosiva de condiciones desestabilizadoras de la subjetividad, andan la vía de un quid pro quo desde el cual insisten en que consituye una rebeldía que “desterritorializa”. Pese a su precaución por definir al esquizo como “alguien que ha intentado algo y ha fracasado”, es inocultable que deslizan una escisión insostenible entre el proceso de producción de esquizofrenia y el esquizo como su resultado, debilitando sobremanera su crítica a la relación entre capitalismo y esquizofrenia.   Pionero en otro camino, al posicionar el valor de uso como fundamento, Bolívar Echeverría edifica un mirador crítico-materialista desde el que explora la legalidad esquizoide del capitalismo de forma sumamente innovadora y radical. Construye una reflexión que no va de la producción capitalista a la esquizofrenia, sino que, profundizando esa interconexión, descifra la presencia de la esquizofrenia en la estructura interna de la producción y la economía capitalistas. Desde ahí es que, a contrapelo del mito del progreso, consigue desocultar la tendencia epocal que deriva de la dualidad o ambivalencia histórica propia de la modernidad capitalista: la tendencia hacia una crisis civilizatoria cada vez más amenazadora y propulsora de la barbarie, justo porque emerge del incesante entrecruzamiento de progreso y catástrofe.
  Nosotros, sujetos colocados en el siglo XXI, vivimos una era que constata como nunca la vigencia de esta conceptualización crítica. A la vez que conforma la era del mayor desarrollo en la historia de las civilizaciones, poniendo a descubierto la complejidad de la relación entre capitalismo y esquizofenia, el siglo XXI constituye el tiempo de mayores peligros para el mundo de la vida social-natural. Producir una modernización cada vez más avanzada de la técnica planetaria, pero conducirla por trayectorias que niegan otras trayectorias alternativas –ecológicas y autogestivas– enteramente viables y posibles, bloqueándolas, cercenándolas o cerrándolas, con el fin de garantizar que las trayectorias que se andan sean funcionales al apuntalamiento continuo del poder planetario, sin detenerse en la devastación del proceso de reproducción vital de la sociedad humana y de la naturaleza, es lo que hace que una hybris o desmesura cada vez más ominosa norme la relación del capitalismo con la modernidad. Vivir de un sabotage que hace que la modernidad realmente existente multiplique los peligros de muerte, justo cuando mayores potencialidades contiene la técnica planetaria para ser dirigida por trayectorias alternativas que afirmaran la vida de la humanidad, en eso reside conducir a situaciones límite la legalidad esquizoide del capitalismo en el siglo XXI.
  La lectura praxeológico-concreta de El Capital de Bolívar Echeverría –haciendo pedazos todas la interpretaciones provenientes del marxismo progresista que pretenden reducir aquella a una obra decimonónica–, constituye la lectura más avanzada en la historia del marxismo crítico o clásico, justo porque al posicionar la contradicción valor/valor de uso como su fundamento totalizador permite descifrar, como no puede lograrse desde ningún otro mirador contemporáneo, la radical ambivalencia que, entrecruzando progreso y devastación, viene rigiendo los complejos y urgentes desafíos históricos de la mundialización en el siglo XXI.

III
Las lecturas de El Capital de Bolívar Echeverría y Ruy Mauro Marini
Crítica a la mundialización capitalista y su trend secular



NOTAS:

1 “En la hora de la barbarie”, El Buscón no. 5, México, julio-agosto, 1983, p. 116.

2 Maurice Merleau-Ponty, Les aventures de la dialéctique, París, Gallimard, 1955, pp, 58-59 y 285.

3 Historia del siglo XX, Ed. Crítica, Buenos Aires, 1998, pp. 29-61.

4 Combinando su profundo aniti-imperialismo gestado como latinoamericano crítico con su militancia en el movimiento estudiantil de los sesenta en Alemania, Bolívar Echeverría, desde el Grupo del Tercer Mundo en el que trabajaba con Rudi Dutschke en Berlín, contaba con la plataforma geohistórica adecuada para ver la barbarie que provenía desde Occidente y Oriente. Por eso, desarrolló un incisivo cuestionamiento a la URSS que definió como un “capitalismo subdesarrollado” cómplice de la barbarie. Véase Luis Arizmendi, “Bolívar Echeverría o la crítica a la devastación desde la esperanza en la modernidad”, en Diana Fuentes, Isaac García y Carlos Oliva (compiladores), Bolívar Echeverría: crítica e interpretación, Itaca, México, 2012, pp. 142-154.

5 Louis Althusser y Étienne Balibar, Para leer El Capital, Siglo XXI, México, 1985. Louis Althusser, La revolución teórica de Marx, Siglo XXI, México, 1985.

6 E. V. Ilienkov, “Elevarse de lo abstracto a lo concreto” en Pedro López (Coordinador), El Capital, Teoría, estructura y método, Ediciones de Cultura Popular, México, 1985, pp. 27-83. Lógica dialéctica, ensayos sobre historia y teoría, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1978.

7 Karel Kosík, Dialéctica de lo concreto, Grijalbo, México, 1967.

8 Henryk Grossmann, La Ley de la Acumulación y del Derrumbe del Sistema Capitalista, Siglo XXI, México, 1984. El comentario, poco conocido, publicado por Bolívar Echeverría para evaluar el alcance la lectura grossmanniana de El Capital, “La discusión de los años veinte en torno a la crisis: Grossmann y la teoría del derrumbe”, se encuentra en Pedro López Díaz (Coordinador), La crisis del capitalismo, Siglo XXI, México, 1984, pp. 173-193.

9 Roman Rosdolsky, Génesis y estructura de El Capital de Marx, Siglo XXI, México, 1978.

10 Jindrich Zeleny, La estructura lógica de El Capital de Marx, Grijalbo, México, 1978.

11 György Lukács, Historia y conciencia de clase, Grijalbo, México, 1969. Aunque no se concentra en evaluar la lectura lukácsiana de El Capital, el dialógo crítico de Bolívar Echeverría con la perspectiva estratégica de esta obra puede verse en “Lukács y la revolución como salvación”, Las ilusiones de la modernidad, UNAM/El Equilibrista, México, 1995, pp. 97-110.

12 Rosa Luxemburgo, La Acumulación del Capital, Grijalbo, México, 1967. La evaluacion realizada por Bolívar Echeverría de la lectura luxemburguista de El Capital se encuentra en el apéndice del libro en cuya preparación tuve el honor de apoyarlo: Circulación capitalista y reproducción de la riqueza social, Ed. Nariz del Diablo/UNAM, Ecuador, 1994, pp. 63-102.

13 Ernest Mandel, El Capital, Cien años de controversias en torno a la obra de Marx, Siglo XXI, México, 1981.

14 Frente a la excelente contribución de Adolfo Sánchez Vázquez, que coloca la praxis como núcleo del marxismo clásico o crítico en América Latina –véase su Filosofía de la praxis, Grijalbo, México, 1967–, Bolívar Echeverría efectuó un enorme paso adelante al conceptualizar la praxis desde el valor de uso como fundamento de la crítica a la historia económica y política de la modernidad y la mundialización capitalistas.

15 Gilles Deleuxe y Felix Guattari, El Anti-Edipo, capitalismo y esquizofrenia, Paidós, Buenos Aires, 1985. Mil mesetas (capitalismo y esquizofrenia), Pre-Textos, Valencia, 1998.

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