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Cultura y barbarie*

Bolívar Echeverría


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La guerra, cuyo fin fue decretado hace unos días, terminó con un evidente triunfo de las “fuerzas de la cultura” sobre las “fuerzas de la barbarie”. Un pueblo, el iraquí, reacio a toda modernización, como se supone que son todos los pueblos islámicos, y proclive por tanto a generar regímenes autoritarios, recibió una lección: fue liberado de una tiranía dañina para él mismo, y peligrosa para el mundo civilizado. A través de un proceso de democratización, pronto será integrado, tal vez en contra de su voluntad manifiesta (“la letra con sangre entra”), pero eso sí en obediencia a la vocación profunda que hay que adjudicarle, en el mundo occidental, portador de la civilización moderna y la cultura humanista y universalista. Esta descripción, por sospechosa que pueda parecernos, es correcta para el sentido común de las sociedades occidentales. En efecto, los mass media comentan en él una espontaneidad que les lleva a la idea de que la catástrofe que amenaza al mundo en este siglo, que sería el del choque de las civilizaciones, sólo puede ser conjurada mediante una reedición modernizada de la estructura imperial del establishment político occidental. Idea a la luz de la cual lo sucedido en Irak sería un episodio necesario, sin duda desagradable en muchos aspectos, de la historia positiva de ese rescate de la civilización moderna en peligro.

   Se trata de una descripción oficial de lo acontecido en la guerra de Irak que resulta sospechosa a cualquiera que se resista a la espontaneidad del sentido común. En efecto, es evidente la trama económica que se asoma por debajo de los hechos bélicos y que los revela como resultado de una disputa entre las corporaciones transnacionales por la renta del petróleo. Es igualmente inocultable la dimensión geopolítica que tiene esta guerra en la medida en que le asegura a los Estados Unidos un posicionamiento ventajoso en el previsible enfrentamiento futuro entre Oriente y Occidente. Pero la razón principal de que la razón oficial del sometimiento de Irak como un triunfo de la cultura sobre la barbarie resulte sospechosa, está en las dudas que despierta la imagen del ejército norteamericano como guardián de la cultura.

   ¿Qué es cultura? ¿Qué es barbarie?

   Si partimos del consenso casi unánime sobre la validez de la afirmación aristotélica que define al ser humano como un animal político, e intentamos precisar qué es lo que habría que entender bajo el calificativo de político, podemos llegar a pensar que el vivir en polis, desde la polis y para la polis, que es a lo que dicho calificativo se refiere, sería el vivir de un animal cuya vida a dejado de ser propiamente animal en un cierto sentido. El animal humano sería aquel animal tan especial que por algún avatar de la historia natural, ha perdido el cobijo del instinto en materia de organización de su existencia gregaria, carece de un programa socializador para seguirlo ciegamente, y se encuentra a la intemperie, necesitado de dar él mismo un orden, una armazón, una forma, a esa socialidad, a todo el conjunto de relaciones interindividuales de convivencia que se establecen en la reproducción de su cuerpo colectivo. El ser humano sería un animal político porque, a diferencia de los demás animales, debe tenerse a sí mismo como objeto de transformación, porque está obligado a autorealizarse, a configurarse a sí mismo, a elegir entre distintas posibilidades la forma de ciudad concreta, de polis, de comunidad identificada, que van a tener las relaciones sociales que posibilitan su existencia.

   Uno es el ser humano del maíz, otro el del arroz, otro el del trigo. Son seres humanos que compusieron una identidad, una mismidad, un modo singular de ser, en torno al compromiso concreto de juntarse entre sí y organizar su vida cotidiana de la manera que venía dictada por las necesidades de la domesticación y el cultivo de cada una de esas tres plantas. Son identidades profundas, de muy larga duración, cuyos restos dispersos, combinados con los de otras identidades menos radicales que ellas, perduran incluso en nuestros días, a siglos, incluso milenios de la desaparición de los mundos sociales en los que fueron creadas, y que se hacen presentes sin obedecer ya a una pertenencia étnica particular en determinados indicios, en ciertos rasgos estructurales de varias lenguas y varias comprensiones corporales particulares, en ciertos timbres de distintas voces particulares, en ciertos detalles de muchas gestualidades particulares.

   El ser humano es el animal político del que habla Aristóteles, porque, animal extraño, condenado a la libertad de elegir una forma para su socialidad, ejerce esa libertad fundando sin cesar, sea como sujeto público o como sujeto privado, identidades de todo tipo, capaces de darle la concreción a esa socialidad; identidades que van desde las lingüísticas hasta las de la afición deportiva, pasando por otras de orden religioso o político; identidades de toda magnitud y toda duración, abarcantes de continentes enteros y de numerosos siglos, como las lingüísticas, o circunstanciales y efímeras como las deportivas; identidades inéditas, como la de los amantes del rock, o identidades que combinan otras llamadas arcaicas o recientes, como la identidad mestiza de América latina desde el siglo XVII.

   Puede decirse entonces que lo político tiene que ver con la identidad en este sentido esencial. Lo político está en la capacidad que tiene el ser humano de decidir sobre sí mismo, sobre sus formas de convivencia. Capacidad que se ejerce necesariamente en un proceso de adquisición de una consistencia concreta para su vida cotidiana, de creación de identidades. Ahora bien, las identidades pueden ser concebidas como subcodificaciones del código de la existencia humana, como dispositivos que particularizan, que dan una singularidad al código general de lo humano. Podría decirse que no existe algo así como “lo humano” en general; que el código general de la humanidad no se da de manera directa, de manera inmediata; que lo humano siempre se da de manera identificada, siempre mediante la perspectivización, el “estilo” o la coloración que le otorga la presencia de una sobredeterminación determinada por un sub-código. En este sentido, puede decirse que todo uso del código lingüístico o del código del comportamiento práctico, todo uso del código de lo humano, es un código en el que se repite, se reproduce o cultiva la subcodificación que identifica a ese código. En cada acto productivo y consumativo, en cada comportamiento lingüístico de los individuos sociales, está lo que podría llamarse la reproducción de esa identidad, el cultivo de esa identidad. La dimensión cultural de la existencia social estaría dada por el hecho de que en cada uno de los actos de la vida cotidiana, el ser humano está cultivando sus identidades, la combinación de estas identidades, está cultivando pues la dimensión identitaria de su existencia. Hay, por supuesto, determinados usos del código de lo humano subcodificado, identificado en cada caso, en los cuales el cultivo de estas identidades es un momento protagónico. Podemos hablar, por ejemplo, del juego, de la fiesta y del arte como comportamientos en los cuales este cultivo de la subcodificación, de esa particularización o identificación del código de lo humano, se cumple de manera especial. Y podemos también hacer referencia a ciertas actividades que serían especialmente culturales en la medida que ese cultivo de la identidad se desarrollaría profesionalmente. Actividades que tienen que ver más bien con lo que podríamos llamar la alta cultura, el desarrollo de las artes, etc.

   De todo esto, me parece a mí, lo importante está en insistir en lo siguiente: la cultura en cuanto tal, al cultivar esa identidad, que es una identidad creada por el ser humano, actualiza la politicidad de ese ser humano, hace evidente su capacidad de dar forma a la socialidad, de autoreproducirse, de crear identidades, de refundar la concreción de la vida social. Esto sería lo principal de la cultura. Si nosotros ahora consideramos lo que ha sido el destino de la cultura en la sociedad moderna, vamos a tener que hablar de aquello a lo que hacía referencia Walter Benjamin cuando decía que no hay documento de cultura que no sea al mismo tiempo un documento de barbarie. Y esto porque podríamos decir que, en la sociedad organizada por la modernidad capitalista, la hostilidad a la cultura es una necesidad inherente. La modernidad capitalista implica el fenómeno de la enajenación del sujeto humano, de la suspensión de su capacidad de autoreproducirse, de generar formas para sí mismo, y de la cesión de esta capacidad política fundamental al mundo de las cosas, que no es otra cosa que el mundo de la acumulación del capital, el mundo virtual donde el valor de las mercancías se valoriza. Podríamos decir que la cultura en la sociedad moderna es una cultura que se encuentra sistemáticamente reprimida por esta modernidad capitalista, en la medida justamente en que aquel que es el creador, el sujeto que pone la concreción de la vida, está impedido de ejercer esta función política fundamental suya. La nación moderna consagra al sujeto como subordinado a la sujetidad cósica de la empresa estatal capitalista, reprime el juego de creación y combinación de identidades, y por tanto, reprime el cultivo del dinamismo de la dimensión cultural. La hostilidad básica de la nación moderna hacia la cultura, puede mantenerse oculta cuando la devastación que ella trae consigo puede ser compensada ante una determinada población con el fortalecimiento de la llamada identidad nacional oficial que se le adjudica como marca distintiva, marca improvisada a partir de sus rasgos étnicos y de su folclore; cuando y en la medida en que se deja organizar por las instituciones de aquel Estado capitalista moderno que la ha tomado vampirescamente como soporte suyo. Es, sin embargo, una hostilidad que no logra enmascararse cuando la identidad nacional que debería hacerlo, debe provenir de un Megaestado, o un Estado Transnacional, como el que pugna por formarse en Norteamérica, Europa y las zonas integradas a ellos. Por más exitoso que pueda resultarle a los Estados Unidos el golpe de Estado anticipado o preventivo que intenta dar actualmente dentro de ese Megaestado Occidental aún en ciernes, su capacidad de construir una nación de naciones que fuera capaz de sustentar dicho Estado es todavía cuestionable. La hipóstasis de la nación norteamericana como núcleo aglutinador de una identidad supranacional llamada “humanidad occidental” o “comunidad occidental” resulta todavía forzada e inverosímil. Ésta es la razón, a mi ver, de que la barbarie de la modernidad capitalista, su actitud básicamente hostil a la autarquía del sujeto humano, y por tanto a su creatividad de formas y de identidades, resulten difíciles de ocultar; la razón de que la descripción oficial de lo sucedido en Irak resulte sospechosa, de que la imagen del ejército norteamericano como guardián de la cultura resulte escandalosamente ridícula.



NOTAS:

* Ponencia presentada en el Coloquio “Cultura contra la barbarie”, organizado por el Claustro de Sor Juana y la Universidad Nacional Autónoma de México, abril de 2003. Publicado en la web Bolívar Echeverría: Discurso Crítico y Filosofía de la Cultura Atribución-NoComercial-SinDerivadas.

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