Rosa Luxemburgo:
espontaneidad revolucionaria e internacionalismo (II)*

Bolívar Echeverría


Rosa Luxemburgo, Obras Escogidas. Ed. Era, México 1978.

La nacionalidad del obrero no es francesa ni inglesa
ni alemana; es el trabajo, la esclavitud en libertad, la venta
voluntaria de sí mismo. Su gobierno no es francés ni inglés
ni alemán; es el capital. Su cielo patrio no es el francés ni el
inglés ni el alemán; es la atmósfera de la fábrica. El suelo que
le pertenece no está en Francia ni en Inglaterra ni en Alemania;
está bajo tierra, a unos cuantos palmos de profundidad.
K. Marx (1845)

II

 

Para definir la revolución comunista como proceso histórico concreto, y para actuar políticamente de acuerdo a tal definición, los marxistas no pueden contentarse con el esquema abstracto de su teoría. Según éste, la revolución comunista resulta de la lucha de clases que enfrenta al proletariado explotado con la burguesía capitalista explotadora, en la medida en que, dentro de esta lucha, la posición proletaria asume y potencia la tendencia incontenible de las fuerzas productivas de la sociedad a desarrollarse en sentido comunitario mientras que la posición burguesa representa y defiende la tendencia cada vez más antihistórica del modo privado capitalista de reproducción social a mantenerse indefinidamente. El proletariado es por tanto la clase social que, en el desarrollo de su propia existencia —que es siempre lucha contra la clase capitalista—, se vuelve necesariamente comunista.

  A la cuestión sobre el proceso que constituye a este "sujeto revolucionario", o acerca de ese tránsito necesario que convierte a la masa de proletarios ("clase en sí") en el movimiento histórico instaurador de la sociedad comunista ("clase para sí"), el esquema abstracto del marxismo responde con una teoría general sobre la manera específica en que se ejerce la explotación en la sociedad capitalista y sobre la posibilidad —única en la historia— que abre este carácter específico de la "esclavitud moderna" para que la lucha "económica" o reivindicativa de los explotados se transforme en lucha "política" o revolucionaria. En la "esclavitud moderna", a diferencia de la "esclavitud antigua" —en la que todo el trabajo de los explotados, incluso el que les era efectivamente pagado (por el sustento que recibían), parecía ser trabajo no pagado—, todo el trabajo que los explotados ejecutan con los medios de producción de los capitalistas, incluso el que realizan gratis para éstos (y que genera el "plusvalor" o ganancia), parece ser trabajo pagado. La explotación o "esclavitud" moderna —ésta es su peculiaridad histórica— no puede subsistir sin la "complicidad" o, lo que es lo mismo, sin la libre aceptación de los propios explotados. Y ésta sólo es posible gracias a la sustitución incuestionable de las relaciones reales de explotación por esa apariencia de relaciones equitativas. Al luchar "económicamente" por la justa remuneración de su trabajo —es decir, al someterse a la definición de éste como un objeto mercantil cuyo valor es igual al de su capacidad para trabajar o al de los bienes necesarios para restaurarla periódicamente; al someterse por tanto a la ley según la cual sólo una parte del fruto de su trabajo (el "valor necesario") les corresponde por derecho, mientras el resto (el "plusvalor") es propiedad de los capitalistas—, los proletarios aceptan voluntariamente los términos de su "esclavitud". Su lucha clasista se reduce de esta forma a la de un conjunto de propietarios-vendedores de mercancía, la mercancía fuerza de trabajo, contra el conjunto de propietarios-compradores de ella, que, dentro del estado de derecho burgués y sirviéndose de él, exigen el precio real de su mercancía (salario igual a la parte "necesaria" del valor producido), defienden la verdadera magnitud del valor de la misma (contra el intento capitalista de "incrementar relativamente" el plusvalor) y la protegen de un mal uso que la desgaste excesivamente (como intentan hacerlo los capitalistas para "incrementar absolutamente" el plusvalor). Pero —y aquí reside la posibilidad de su liberación— la lucha "económica" consecuente y radical de los proletarios modernos, dentro de la "complicidad" con su esclavitud, los lleva una y otra vez, y cada vez con más fuerza, a hacerlos chocar con los límites de validez de las condiciones de su explotación.

  Los excesos de los capitalistas en la extracción y en la apropiación del plusvalor que les producen gratis los obreros sólo los pueden combatir estos mediante una lucha que implica atentar contra todo el modo como se produce y se consume la riqueza en la sociedad capitalista; contra la forma misma de una vida social basada en la producción y el consumo del plusvalor. Velar como propietarios privados por el justo precio, el buen mantenimiento, y el uso mesurado de su mercancía, la fuerza de trabajo, es algo que los proletarios no pueden llevar a cabo efectivamente sin llegar de una manera u otra a cuestionar la diferencia aparentemente inesencial que los separa del otro tipo de propietarios privados, el de los capitalistas: la de que éstos detentan el control de los medios de producción sociales, mientras que ellos no. Y este cuestionamiento es precisamente el que convierte a la lucha "económica" reformista o respetuosa de los términos políticos que posibilitan el mantenimiento de la "esclavitud" moderna, en lucha revolucionaria, que mina y tiende a destruir esos términos políticos como condición para la instauración del modo de reproducción social comunista.

  Pero los marxistas no pueden contentarse con este esquema general. Su acción política concreta los enfrenta cotidianamente a un conjunto de cuestiones que tienen que ver efectivamente con el tránsito del comportamiento "económico" y reivindicativo al "político" y revolucionario de la clase obrera, pero cuyo planteamiento como problema requiere una aproximación de mayor concreción y complejidad. Tal vez la figura más completa en que aparece ese conjunto de cuestiones relativas a la conformación revolucionaria de la acción proletaria es la que se resume bajo el concepto de la "cuestión nacional".

  En lo abstracto, como modo de reproducción de la sociedad en general, el capitalismo adjudica a los miembros de ésta una identidad de clase que se define con diferentes grados de pureza en referencia a las dos situaciones sociales básicas, polarmente contrapuestas en su complementaridad: la de los obreros y la de los capitalistas. Pero en lo concreto, como modo de reproducción social que incluye, con distintos grados de intensidad, al conjunto histórica y geográficamente diferenciado de la sociedad mundial, el capitalismo adjudica a los individuos sociales un segundo nivel de identidad social: el que los determina al margen de la definición clasista, como miembros de alguna de las unidades particulares, los Estados nacionales en que el capitalismo debe diferenciar su funcionamiento.

El planteamiento de la "cuestión nacional", como fenómeno social, histórico y político específico, por parte del pensamiento marxista, tiene un punto de partida determinado; se encuentra en la obra de Rosa Luxemburgo.

  En la realidad social concreta organizada por el capitalismo, múltiples conglomerados que reúnen indistintamente a capitalistas y proletarios se oponen entre sí como totalidades económicas nacionales de intereses diferentes y concurrentes. Así, dentro de cada uno de ellos, proletarios y capitalistas no sólo se distinguen y enfrentan entre sí; también se confunden y se entienden unos con otros. La "complicidad" que mantienen los proletarios con su "esclavitud" al aceptar como posible y válido el intercambio que ellos, en tanto que propietarios privados, hacen de su mercancía fuerza de trabajo con la mercancía medios de subsistencia de los propietarios privados capitalistas, se halla así consolidada por una "solidaridad" supraclasista: la que mantienen con los intereses comunes del conjunto nacional estatal de propietarios privados en el que están incluidos. Su lucha "económica" contra la clase capitalista adquiere una densidad concreta que la vuelve mucho más compleja; al plantear la estrategia que la guía, debe incluir como mediación necesaria la consideración de que los intereses clasistas pueden converger o divergir relativamente de estos intereses nacionalistas, pero que éstos existen siempre, de todas maneras, como marco delimitante de su propia viabilidad.

  A primera vista, la necesidad de defender el Estado nacional común de todos los propietarios privados sería siempre un obstáculo en la lucha de los propietarios privados proletarios contra la explotación de que son objeto por parte de los capitalistas. Pero la desigualdad y la lucha competitiva entre las distintas unidades particulares, "nacionales", de capitalismo —que definen el modo como la sociedad mundial es constituida por la reproducción de su riqueza como capital— da lugar a una constelación sumamente variada de situaciones capitalistas nacionales. Junto a naciones capitalistas dotadas de Estados más o menos independientes existen naciones capitalistas que se subordinan a otras en la construcción de un Estado "plurinacional" y que compiten con otras similares en términos imperialistas; existen incluso naciones capitalistas francamente sometidas, dentro o fuera de los Estados imperialistas, que se hallan impedidas de consolidarse efectivamente como Estados autónomos. Y, en este abigarrado conjunto de realidades nacionales capitalistas, la lucha revolucionaria de las distintas secciones del proletariado "internacional" contra sus respectivos capitalistas nacionales se plantea también de maneras muy variadas. Aparecen entonces, para los revolucionarios marxistas, lo que podría llamarse el núcleo político de la "cuestión nacional". Al defender el Estado nacional, ¿pueden los proletarios rebasar a sus aliados capitalistas y aprovechar el retraso de éstos para convertir la movilización nacionalista en realizaciones comunistas? ¿ Es posible que una colaboración de clase del proletariado con los capitalistas en el marco de una lucha común por la autodeterminación de su unidad nacional —sea como expansión de un Estado ya constituido, como defensa de un Estado dependiente o como construcción autónoma de un nuevo Estado— favorezca la transformación de su lucha "económica" (tendencialmente revolucionaria) contra los mismos capitalistas en una lucha "política" (realmente revolucionaria)? Si lo es, ¿cuáles son las condiciones para ello?

"Nos encontramos ahora ante el hecho ineludible de la guerra. Nos amenazan los horrores de invasiones enemigas [...] De lo que se trata es de defenderse de este peligro, de poner a salvo la cultura y la independencia de nuestro propio país. Y aquí hacemos efectivo aquello en lo que siempre hemos insistido. En la hora del peligro, no dejamos de cumplir con nuestra patria [...]"

La patria en peligro, la defensa nacional la guerra popular por la existencia, la cultura y la libertad; ésta fue la consigna lanzada por la representación parlamentaria de la socialdemocracia [...]

Ahora, millones de proletarios de todos los idiomas caen en el campo de la vergüenza, del fratricidio, de la automasacre, con el canto de los esclavos en los labios.

Rosa Luxemburgo [1915]

 

  El planteamiento de la "cuestión nacional", como fenómeno social, histórico y político específico, por parte del pensamiento marxista, tiene un punto de partida determinado; se encuentra en la obra de Rosa Luxemburgo. Desde 1893, fecha que marca el inicio de su vida de militante comunista. Rosa Luxemburgo debió ubicar dentro de lo que constituía el centro de su preocupación política —la preparación de la clase obrera y sus organizaciones para el momento, que entonces parecía inminente en Europa, de la transformación revolucionaria— el tratamiento de los problemas que resultan de la presencia de un plano de concreción nacional en el desarrollo real del movimiento comunista. Fue impulsada a ello, primero (sobre todo hasta 1902), por la necesidad de combatir los efectos divisionistas y retardadores de una estrategia socialista para la democratización del conjunto del Imperio Ruso que, según ella demostraba, resultaban del "social-patriotismo" dominante en el movimiento socialista polaco. Después (sobre todo a partir de 1905), por la necesidad de combatir el peligro de debilitamiento y desintegración que, según ella preveía, amenazaba, desde el fortalecimiento de los distintos naacionalismos, al movimiento socialista europeo en general. La manera original que tuvo Rosa Luxemburgo, a lo largo de las muchas y encendidas polémicas que desató, de llevar a cabo esta ubicación de la "cuestión nacional" dentro de la "cuestión revolucionaria" es lo que hace de ella no sólo pionera y fundadora sino también coautora principal de la teoría marxista sobre la "cuestión nacional"; teoría que, si bien se encuentra todavía lejos de tener una estructura precisa y un contenido satisfactorio, ha mostrado ya ocasionalmente por lo menos un perfil inconfundible en su enfrentamiento a las categorías espontáneas de autoapología que genera el capitalismo para explicar la dimensión nacional de la existencia social.

  Sin embargo, la mitificación del "luxemburguismo", que apuntala en negativo la realidad del "socialismo en un solo país", descalifica a Rosa Luxemburgo adjudicándole el pecado de "unilateralidad internacionalista". La "unilateralidad internacionalista" de Rosa Luxemburgo consistiría en la "incapacidad" de su pensamiento —demasiado esquemático e irrealista— para captar en el terreno de la política concreta la necesidad de que una mediación nacionalista modifique en determinadas condiciones la línea estratégica socialista seguida por los partidos obreros. Sólo un irrealismo fijado en los principios abstractos puede, en efecto, propugnar, en nombre de la hermandad de clase internacional entre proletarios, la negativa socialista a defender junto a la burguesía los intereses de una nación capitalista progresista amenazada por una gran potencia reaccionaria. Sólo un esquematismo ajeno a la historia concreta puede, igualmente, propugnar el desconocimiento de las exigencias de "autodeterminación nacional" que acompañan a las exigencias socialistas en los movimientos revolucionarios de países sojuzgados interior o exteriormente por Estados imperialistas. El internacionalismo de Rosa Luxemburgo implicaría así una política socialista unilateral por ser el resultado de una aplicación mecánica de la idea según la cual, para los socialistas marxistas, la cuestión nacional, "al igual que todas las otras cuestiones sociales y políticas", es "básicamente una cuestión de intereses de clases". Obnubilada por la contradicción universal entre toda la clase de los proletarios y toda la clase de los capitalistas, Rosa Luxemburgo no podría ver el modo cómo el desarrollo efectivo de la misma se ve afectado por las contradicciones particulares que existen entre las diferentes naciones del planeta.

  La idea de una "unilateralidad internacionalista" de Rosa Luxemburgo, como elemento constitutivo del "luxemburguismo", es una construcción ideológica del socialismo autodenominado "leninista", destinada a censurar un recuerdo que es capaz de cuestionarlo en su propia validez: el recuerdo del acontecimiento que lo llevó a dejar de ser un socialismo internacionalista, y de la situación histórica que lo precedió; una situación en la que tanto la cuestión política práctica acerca de la cooperación revolucionaria entre las distintas secciones del proletariado mundial cuanto la cuestión política teórica acerca del nacionalismo proletario se planteaban y discutían abiertamente como cuestiones importantes y urgentes dentro del movimiento obrero, pues todavía no habían sido silenciadas por las "vanguardias políticas" mediante "soluciones" de facto, justificadas apresuradamente "en teoría".

Para el "luxemburguismo" toda lucha por los intereses de las distintas naciones seria siempre de inspiración burguesa y capitalista, y estaría además superada históricamente por una tendencia manifiesta de dichos intereses a pasar a segundo plano e incluso fundirse y desaparecer dentro de los intereses de clase a escala mundial.

  A comienzos del siglo, los socialistas, más por convicción de principios e inocencia histórica que por una conciencia alcanzada científicamente, tendían a considerar que el carácter de la clase proletaria y de su acción era primariamente internacional y sólo secundariamente nacional. A partir de los años treinta, por el contrario —y pese o, mejor, a causa de la existencia de la III Internacional (1921-1943) —, para los socialistas es natural concebir a la clase obrera como una fuerza circunscrita básicamente a los límites de su Estado nacional y que sólo derivada e indirectamente amplía sus márgenes de acción hasta alcanzar una presencia internacional. Entre el primer momento y el segundo está la experiencia de una gran catástrofe del movimiento obrero y su organización: la quiebra interna de la Internacional socialista ante el embate de la ola de nacionalismo chovinista que se abatió sobre las distintas componentes nacionales de la clase obrera europea en vísperas de la gran guerra de 1914-1918. Pero la pérdida de la inocencia histórica que distingue a la segunda actitud de los socialistas no equivale a la conformación de una conciencia clara sobre la relación entre internacionalismo y nacionalismo en la clase obrera. La experiencia de su división y ajenidad nacionales fue traumática. Y, lejos de ser compensada por otras de signo positivo, se repitió varias veces, en circunstancias diferentes y cada vez más complejas. La contundente facticidad de la atomización nacional del proletariado se ha traducido en un dogma que rehúye el recuerdo de su origen y que condena, desde su autoridad "histórica", el "irrealismo" de toda concepción del proletariado como clase estructuralmente internacional. Por ello, el internacionalismo "luxemburguista" tiene que ser creado para servir de hereje principal y de acusado predilecto. La obra de Rosa Luxemburgo trae a la memoria el internacionalismo irreflexivo de los socialistas de comienzos del siglo. Pero, sobre todo, reactualiza la actitud critica que ella tuvo ante esa falta de reflexión científica; y al hacerlo pone necesariamente en cuestión la retirada igualmente irreflexiva de los socialistas posteriores hacia el nacionalismo espontáneo que los caracteriza.

  La catástrofe de la Internacional socialista en 1914 suele ser mencionada como la prueba empírica que refutó definitivamente el "internacionalismo abstracto" de los socialistas en torno a Rosa Luxemburgo. Se llega incluso a ver a éstos como culpables involuntarios e indirectos de dicha catástrofe, por el "utopismo" que fomentaban en las masas obreras distrayéndolas de una actividad que pudo haber sido más realista y más efectivamente antibelicista. Pero quienes argumentan así soslayan el hecho de que fue la izquierda socialdemócrata alemana, inspirada por el internacionalismo intransigente de Rosa Luxemburgo, la única corriente política dentro del movimiento socialista de esa época que planteó la necesidad de discutir abiertamente, en términos políticos y teóricos, la cuestión del nacionalismo proletario. Rosa Luxemburgo fue incansable en distinguir el hecho y fundamentar la idea de que la fuerza de los socialistas en cada país no sólo era causa sino también resultado de la fuerza global de la Internacional socialista; y que ésta dependía del mantenimiento y la radicalización de una característica ya presente en la realidad del movimiento socialista de preguerra: la cooperación estratégica y la interpenetración orgánica de los distintos partidos nacionales. Rosa Luxemburgo nunca pensó que lo que ahora se tiene por inevitable —el desmembramiento de la Internacional y el repliegue nacionalista de los partidos obreros— fuese un destino ineluctable. Ella previó el derrumbe socialista de 1914, pero bajo la forma de un peligro que podía ser conjurado políticamente. Creyó —y nunca se sabrá si estuvo errada, pues su línea política jamás fue adoptada por la socialdemocracia alemana— que la ola de nacionalismo burgués que se abatía sobre la clase obrera de los distintos países europeos podía ser resistida mediante una actitud socialista efectivamente revolucionaria, guiada por un "nacionalismo científico".

  Más claramente aún que en el caso anterior, la idea de una "unilateralidad internacionalista" en Rosa Luxemburgo se revela como una construcción ideológica deformadora de la realidad histórica en el juicio, que desde la época de Stalin se ha vuelto "verdad incuestionable", acerca de la actitud luxemburguista frente al "derecho de las naciones a la autodeterminación". La "unilateralidad internacionalista" habría cegado a Rosa Luxemburgo para la captación del nacionalismo como momento necesario, en determinadas circunstancias históricas, de la adquisición de la conciencia de clase proletaria y como instrumento de lucha anticapitalista en la época imperialista. Para el "luxemburguismo" toda lucha por los intereses de las distintas naciones seria siempre de inspiración burguesa y capitalista, y estaría además superada históricamente por una tendencia manifiesta de dichos intereses a pasar a segundo plano e incluso fundirse y desaparecer dentro de los intereses de clase a escala mundial.

  En los tiempos actuales se vuelve cada vez más evidente el carácter cuestionable de la cómoda y casi natural identificación del desarrollo de la fuerza revolucionaria del proletariado con el desarrollo de la autodeterminación de las naciones oprimidas hacia la forma de Estados nacionales soberanos. Por una parte, no toda defensa antimperialista de la soberanía estatal de una nación coincide necesariamente con el sentido de la revolución comunista: ni directamente, como condición intranacional de una adquisición de la hegemonía política por parte del proletariado, ni indirectamente, como condición internacional de un debilitamiento del imperio capitalista. Por otra, no todas las diversas exigencias de autonomía planteadas por numerosas nacionalidades en imbricación orgánica con las exigencias revolucionarias del proletariado se hallan representadas por las necesidades de las naciones estatales que pretenden incluirlas; muchas se encuentran incluso sistemáticamente negadas o contradichas por ellas. Pero la necesidad de plantear en términos concretos y actuales el problema de la relación entre nacionalismo y comunismo implica un esfuerzo de teorización y sobre todo una transformación de la estructura del comportamiento político tan grandes, que parece superar la capacidad y la disposición de realizarlos por parte de las organizaciones dominantes de la izquierda establecida. Sólo así se explica el silencio o la acción deformadora que en el propio campo marxista pesa sobre intentos teóricos y prácticos, como el de Rosa Luxemburgo, de romper con la herencia ideológica del nacionalismo liberal y de elaborar una posición comunista específica sobre la "cuestión nacional".

  La prolongada polémica (1893-1912) que Rosa Luxemburgo mantuvo con las posiciones "socialpatriotas" del Partido Socialista Polaco (PSP) se desarrolló en torno a la cuestión acerca de si el movimiento revolucionario del Reino (Krolestwo) de Polonia (la Polonia del Congreso de Viena, dependiente del Imperio ruso y separada de las dos regiones polacas entregadas a Prusia y Austria) debía dar prioridad a la lucha por la reconstrucción de un Estado para toda la nación polaca o si debía por el contrario conectar orgánicamente su lucha con la del proletariado ruso y plantear sus reivindicaciones nacionales, bajo la forma de una exigencia de autonomía administrativa, dentro del conjunto de exigencias tendientes a una democratización del Imperio. A lo largo de esta polémica, Rosa Luxernburgo debió enfrentar una gran variedad de problemas políticos y teóricos concretos que otros dirigentes socialistas de la época, situados en circunstancias diferentes, pudieron ignorar, evadir o tratar sólo abstractamente. Resultado de este intenso trabajo teórico es un amplio conjunto de ideas originales —algunas ocasionales, otras de alcance general, todas penetrantes y sugerentes-. De este conjunto de ideas conviene destacar aquí las que están en el centro de su argumentación y que, pese a representar tal vez su aportación más esencial a la teoría marxista sobre la "cuestión nacional", son las que —malentendidas— más han sido usadas para componer el mito de la "unilateralidad internacionalista" del "luxemburguismo".

Rosa Luxemburgo realiza la apropiación teórica primera y básica de una de las componentes más decisivas de la realidad del proceso histórico de la revolución comunista; logra establecer el lugar y los limites conceptuales dentro de los cuales es posible pensar la dimensión nacionalista de la revolución proletaria.

  Presente siempre de manera parcial y relativizado siempre por su inserción en tratamientos particulares, un restringido conjunto de ideas constituye el núcleo de la argumentación luxemburguiana. Son ideas de intención crítica y problematizadora, destinadas más a fundamentar una línea política que a construir una teoría sistemática. Su virtud en el plano puramente teórico está más en cuestionar que en solucionar. El objeto de su crítica y su problematización es, en definitiva, siempre el mismo, abordado desde muy variadas perspectivas. Se trata de uno de los principios generales más acríticamente aceptados por la política socialista. Según éste, "el proletariado puede y debe integrar en su lucha revolucionaria la defensa del derecho de las naciones a la autodeterminación". ¿ Es siempre válido este principio o sólo bajo qué condiciones? ¿Qué significa "autodeterminación de las naciones"? ¿Cómo se conectan éstas con las necesidades de autodeterminación revolucionaria del proletariado? ¿Cómo se distinguen las necesidades de autonomía de las de autodeterminación de las naciones? ¿Qué relación hay entre las necesidades de autodeterminación nacional y los intereses de la clase y el Estado capitalistas? Éstas son algunas de las interrogantes que dan origen al trabajo cuestionador que Rosa Luxemburgo efectúa sobre ese principio de la política socialista. En todas ellas, al principio cuestionado se le enfrenta, no un sistema acabado de respuestas científicas, sino el esbozo del planteamiento de un problema esencial para la práctica y la teoría marxistas. Rosa Luxemburgo —ésta es la gran importancia de sus escritos sobre la "autodeterminación nacional"— realiza la apropiación teórica primera y básica de una de las componentes más decisivas de la realidad del proceso histórico de la revolución comunista; logra establecer el lugar y los limites conceptuales dentro de los cuales es posible pensar la dimensión nacionalista de la revolución proletaria.

  Lejos de ignorar, como se le suele achacar, la presencia irreductible de la sustancia nacional en la composición del comportamiento proletario revolucionario, y lejos también de aceptar, como la generalidad de los socialistas, la forma burguesa de concebir tal presencia, Rosa Luxemburgo la analiza críticamente. Pero, dado que este contenido nacional se manifiesta en la práctica política de la clase obrera como participación en la "lucha de las naciones por su autodeterminación", el análisis crítico al que lo somete Rosa Luxemburgo debe forzosamente adoptar la forma de un examen de los puntos de contacto —sea de identificación o de contradicción— que existen entre la necesidad fundamental del proletariado, la de autodeterminarse cómo clase en la revolución comunista, y la necesidad de las naciones, en las que él adquiere su concreción, de autodeterminarse como tales.

  Son dos así los puntos de contacto que el pensamiento luxemburguiano reconoce entre autodeterminación del proletariado y autodeterminación de la nación. El primero, imprecisa y escasamente mencionado en los textos pero esencial en la argumentación, sería un lugar de coincidencia plena. Su ubicación estaría en el terreno de las necesidades más profundas de liberación y reordenamiento de la vida concreta que mueven a la sociedad en su camino hacia el comunismo. La nacionalidad, como realidad cultural —material y espiritual— específica, sería una forma básica de organización espontánea de los distintos aspectos de una existencia social en tanto que totalidad comunitaria. Su autoafirmación —que, en principio, nada tendría que ver con una autodeterminación como Estado nacional—, lejos de contraponerse absolutamente al movimiento de liberación de los "esclavos modernos", sería más bien una de las maneras como éste se realiza conflictivamente. Conectada con él mediante la tendencia comunitaria que los caracteriza a ambos, esta "autodeterminación" puramente cultural sería una de las principales fuentes de particularización dentro de la universidad o igualdad dialéctica —resultante de un proceso potenciador y armonizador de las desigualdades funcionales— que él proyecta para los individuos sociales en la organización comunista. Sería, por tanto, la base del único nacionalismo capaz de escapar a la barbarie a la que condena la "prehistoria" que se mueve gracias a la lucha de clases; un nacionalismo proletario peculiar —paradójico sólo para el pensamiento burgués—, ajeno a toda cerrazón exclusivista (justificadora de la explotación de los "otros"), abierto a la transformación de la nacionalidad que defiende e integrado en la creación de una sociedad orgánicamente internacionalista.

  Pero este punto de contacto entre las dos autodeterminaciones, la proletaria y la nacional, punto de convergencia esencial, aunque es decisivo para el pensamiento luxemburguiano, lo ocupa mucho menos que el otro analizado por él: un punto de contacto en el que la una contradice necesariamente a la otra. La autodeterminación nacional es descubierta aquí por Rosa Luxemburgo no en su esencia, sino en la forma mixtificada que adquiere en la historia concreta. Sería la construcción, promovida por la clase capitalista, de un Estado jurídicamente independiente y materialmente soberano, sobre la base de un conglomerado social de una o varias nacionalidades, que se constituye así en nación. La necesidad de un conjunto de capitalistas de circunscribir violentamente un ámbito social y físico adecuado para el cumplimiento óptimo del ciclo de acumulación de su capital, en la medida en que representa e incluye a la necesidad que tiene el resto de los miembros de la sociedad (específicamente los proletarios) de cumplir su propio ciclo de reproducción económica; éste sería el motor histórico de la "autodeterminación" como proceso de conformación de los Estados modernos y de la creación —pensada ideológicamente como "autodeterminación"— de sus respectivas naciones.

  La autodeterminación proletaria y la "autodeterminación" nacional se encontrarían, por lo tanto, únicamente en un punto de divergencia. Los intereses capitalistas de todo el conglomerado social —transformado en nación que construye, consolida y expande un Estado— serian también intereses de la clase proletaria, pero sólo en la medida en que deben perseguir la conquista de circunstancias económicas y políticas —el desarrollo de las fuerzas productivas y el perfeccionamiento de las instituciones democráticas— que son favorables para la transición hacia el reordenamiento comunista. Es decir, sólo en la medida en que su sentido se entrecruza con un sentido histórico que lo contradice: el sentido anticapitalista de la autodeterminación revolucionaria del proletariado.

Lejos de ignorar la presencia irreductible de la sustancia nacional en la composición del comportamiento proletario revolucionario, y lejos también de aceptar, como la generalidad de los socialistas, la forma burguesa de concebir tal presencia, Rosa Luxemburgo la analiza críticamente.

  La clara distinción entre la autodeterminación proletaria y esta modalidad indirecta y mistificada de la autodeterminación nacional, la "autodeterminación" de la nación estatal, le permite a Rosa Luxemburgo avanzar hacia un análisis más concreto de ese punto conflictivo, de encuentro y divergencia, en que las dos entran en contacto.

  Según Rosa Luxemburgo, en la época del imperialismo es necesariamente restringido el número de los conglomerados nacionales a los que el desarrollo y la expansión mundial del capitalismo puede convertir en naciones "autodeterminadas" como Estados independientes, realmente soberanos. En estos contados casos, la "defensa de la autodeterminación nacional" no es otra cosa que el fortalecimiento de la base de sustentación de un Estado en proceso de convertirse en potencia imperialista o de consolidarse como tal en la competencia con otros similares. Para el proletariado, colaborar en esta "autodeterminación" significa, en primer lugar, pagar las ventajas económicas reales y las ilusorias ventajas políticas que resultan de los triunfos de "su" economía y de "su" Estado, con una segunda "complicidad" con los capitalistas connacionales. La "complicidad" que lo compromete en el proceso de su propia explotación queda ratificada y sellada por otra, que lo compromete en la explotación imperialista de otros conglomerados nacionales. Pero significa también, en segundo lugar, pagar la desigualdad colonialista, apoyada por él para las relaciones exteriores, con una necesaria reinteriorización de la misma, que destruye las pretensiones de igualdad comunista y la vitalidad de su propia nación.

  En el caso de las nacionalidades no "elegidas" por el desarrollo capitalista para servir de sustrato a los centros políticos imperialistas, la lucha de sus clases capitalistas por "autodeterminarlas" como Estados independientes y soberanos está, en mayor o menor medida, destinada al fracaso. Es, sin embargo, un intento siempre renovado que les impone, más aún que en el caso de los Estados centrales, el proyecto definitorio de su vida económica y política. Para el proletariado, adoptar esta lucha incuestionadamente como suya significa que debe forzarse a justificar el pacto de "complicidad" en la explotación que sufre con el recurso a la necesidad de llevar a cabo una tarea histórica —la de dar soberanía efectiva a "su" Estado nacional— que se cumple siempre, necesariamente, a medias, y siempre en favor de sus explotadores, por lo que se le vuelve cada vez más ajena. Significará —incluso en los casos en que puede ser retribuido económica o políticamente por su papel protagónico en defensa de la nación— la obligación repetida de disminuir y postergar sus exigencias clasistas radicales, en provecho de los intereses "nacionales" supraclasistas.

  Es en referencia a esta doble situación del proletariado en calidad de copartícipe en la "autodeterminación" capitalista de la nación como Estado —como Estado imperialista o como Estado subordinado— que Rosa Luxemburgo desarrolla su examen de las posibilidades de incluir de manera orgánica en la estrategia política socialista la dimensión específicamente nacional del carácter revolucionario del proletariado. Para Rosa Luxemburgo, esta dimensión nacionalista de la estrategia revolucionaria sólo puede hacerse presente dentro de lo que es el horizonte concreto de posibilidades de fortalecimiento objetivo y por tanto de autodeterminarse que prevalece para el proletariado dentro de la situación prerrevolucionaria de la lucha de clases en el capitalismo. Este horizonte articula todo el conjunto de vías de enfrentamiento revolucionario contra el mundo capitalista en torno a una lucha central: la que persigue, dentro todavía de los marcos de la institucionalidad burguesa, la refuncionalización de la democracia formal, necesaria para la reproducción social capitalista, mediante núcleos de democracia real, prefiguradores de la institucionalidad socialista. Intervenir favorable pero críticamente en la democratización de la vida económica y política burguesa, haciendo que este proceso la modifique al integrar en ella mecanismos en los que se acepten los intereses específicos de la clase obrera, tal es la veta central de la actividad socialista destinada a fortalecer las posiciones del proletariado y su autodeterminación. Y, para Rosa Luxemburgo, esta intervención crítica en la democratización, cuando llega a extenderse hasta abordar el problema de los aspectos particulares del proceso concreto de reproducción del sujeto social, de las comunidades espontáneamente constituidas de productores y consumidores, lleva el nombre de lucha por el autogobierno del país (Landesselbstverwaltung).

  La modificación de la democracia formal burguesa mediante gérmenes de democracia real proletaria implica la necesidad de fomentar la legislación, la administración y el control de determinados procesos particulares de la vida social concreta (de la cultura material y espiritual, de la instrucción pública, de las relaciones jurídicas, de los servicios municipales y regionales, de ciertas industrias agrícolas, forestales, mineras, de transporte, etcétera), por parte de los conglomerados humanos inmediatamente involucrados en su realización. Esta necesidad, específicamente proletaria, de fomentar el autogobierno del país históricamente dado y técnicamente unificado es una exigencia que ocasionalmente puede coincidir con las necesidades de "autodeterminación" de la nación estatal capitalista —sobre todo cuando ella incluye la necesidad de desarrollar ciertos aspectos de la productividad del trabajo social—, pero que se distingue de ellas y las contradice esencialmente: su objetivo último al perseguir que los productores y consumidores directos de la riqueza material y espiritual determinen los mecanismos particulares, técnicos y sociales, según los cuales se produce y consume la riqueza, su objetivo último no es el incremento abstracto de la riqueza capitalista "nacional", sino el perfeccionamiento concreto de las condiciones de vida del sujeto social en cuanto tal. En el marco de esta lucha socialista por el autogobierno local del país, Rosa Luxemburgo llega a ubicar la posibilidad de una lucha nacionalista del proletariado. Si la consigna de la "autodeterminación" nacional es esencialmente ajena y sólo circunstancialmente compatible con los intereses proletarios, este no es el caso de aquella que postula la defensa de la nacionalidad o de las nacionalidades en las que adquiere concreción histórica el proletariado. Por el contrario, se revela como el contenido básico de aquella perspectiva de la estrategia socialista que, al perseguir la democratización real de la vida política en el capitalismo, llega a plantear la necesidad de autodeterminación proletaria —como necesidades de autogobierno local del país— en el terreno de la lucha por la defensa del proceso concreto de reproducción social frente a las deformaciones que le impone el proceso de acumulación del capital.

En la autonomía nacional, comprendida como parte orgánica de la estrategia comunista, Rosa Luxemburgo llega a reconocer la compatibilidad profunda de aquellos dos impulsos movilizadores de las masas: el impulso conservador, de la sociedad en tanto que nación, y el impulso revolucionario de la sociedad en tanto que proletariado.

  La opresión de la nacionalidad como carácter cualitativo específico del sujeto social es un fenómeno que tiene lugar necesariamente en todos los espacios dominados por el capitalismo; de manera más directa y agobiante en el caso de las nacionalidades sometidas o que sólo pueden aspirar a ser naciones de Estados subordinados, pero también, de manera más sutil y por ello más decisiva, en el caso de las nacionalidades que parecen haberse autoafirmado al constituir naciones de Estados imperialistas. Y es en esta opresión de la nacionalidad donde se refleja de manera más directa, tanto en los pormenores como en el conjunto de la experiencia vital de los obreros, el carácter esencialmente destructivo —descrito por la famosa "ley de la acumulación capitalista" en El capital de Marx— que tiene el modo capitalista de reproducción de la riqueza social respecto del sujeto social que debe reproducirla así para poder él reproducirse a sí mismo.

  La lucha por lo que Rosa Luxemburgo denomina autonomía nacional, por la capacidad de las sociedades reales —que tienen siempre una dimensión nacional en su existencia— para determinar las formas concretas de su vida de acuerdo a su cultura material y espiritual específica, constituye así el componente más elemental y al mismo tiempo más totalizador de los múltiples que confluyen en la impugnación radical que hace el proletariado del sistema de vida social impuesto por el capitalismo. En la autonomía nacional, comprendida como parte orgánica de la estrategia comunista, Rosa Luxemburgo llega a reconocer la compatibilidad profunda de aquellos dos impulsos movilizadores de las masas, que aparecen contrapuestos al socialismo reformista y que unificados por la política del capital acabaron por dar origen a la gran contrarrevolución nacional-socialista: el impulso conservador, de la sociedad en tanto que nación, y el impulso revolucionario de la sociedad en tanto que proletariado. Defender la autonomía nacional no significa frenar la autodeterminación proletaria en provecho de intereses ajenos a ella, sino al contrario continuarla bajo la forma de una reivindicación de aquel contenido "histórico-moral" que Marx reconoció como elemento sintetizador de la identidad concreta del obrero y que es lo primero que al capitalista le interesa desconocer, en la medida en que es un contenido "encarecedor" de la mercancía fuerza de trabajo que él adquiere. Tampoco significa fomentar la cohesión de un proletariado nacional en detrimento del desarrollo de su internacionalismo. La lucha por la autonomía nacional, lejos de conducir indefectiblemente al enfrentamiento irreductible de los distintos conglomerados nacionales —como lo hace la lucha que persigue la "autodeterminación" estatal de la nación—, no sólo permite sino incluso exige la colaboración de cada uno de ellos en la liberación de todos los demás. Le demuestra prácticamente al proletariado que su enemigo connacional, la clase capitalista, sólo es compatriota suyo cuando lo que se defiende frente al extranjero es una nación que existe como disminución represiva y explotadora de su nacionalidad.

  Si hay un mérito que no se le puede negar al intento luxemburguiano de plantear la "cuestión nacional" dentro de la necesaria vía de concretización del esquema teórico sobre la revolución comunista, es el de haber establecido una distinción que se vuelve cada vez más indispensable en el análisis de las condiciones concretas de su lucha por parte de los revolucionarios marxistas: la distinción entre dos modos de existencia radicalmente diferentes de la entidad nacional. De acuerdo al primero, la nación sería el conjunto de los productores-consumidores de la riqueza concreta en tanto que conglomerado social que es doble y conflictivamente anticapitalista: conservador de las formas heredadas de su sistema específico de reproducción y al mismo tiempo introductor de transformaciones interiores de las mismas, enfrentado a la acción destructiva que sobre unas y otras lleva a cabo la organización de la vida social dirigida hacia la acumulación del capital. De acuerdo al segundo, la nación sería el conjunto de los productores-consumidores de la riqueza en abstracto en tanto que sociedad de propietarios privados comprometidos en la empresa de mantener un Estado capaz de garantizarles el incremento de sus capitales. La toma de posición de Rosa Luxemburgo en favor de la "autonomía nacional" y en contra de la "autodeterminación nacional" es sólo una de las derivaciones políticas revolucionarias que es posible elaborar a partir de su distinción conceptual entre estos dos "modos de nación". Muchas otras parecen ser posibles; algunas se han esbozado ya y se esbozan en las muy variadas situaciones en que la lucha de clases contemporánea debe atravesar por la densidad nacional de la realidad concreta.

[1979]

 

REFERENCIAS


^ Publicado originalmente como prólogo a las Obras escogidas de Rosa Luxemburgo, ed. Era, México 1978.

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