Ziranda

Bolívar Echeverría

Prólogo*

 

Isaac García Venegas

 

Ziranda tuvo un doble nacimiento. El primero, cuando Bolívar Echeverría escribió un conjunto de aforismos inspirado por la Minima Moralia de Theodor W. Adorno, libro del que impartió un curso. Aunque no tenemos una fecha precisa de cuándo lo hizo, se intuye que los escribió entre 1997 y 2002. Por supuesto, no hay ningún dato que excluya la posibilidad de que algunos los hubiese escrito antes de ese periodo, sin embargo, al leerlos, queda claro que no lo hizo de una sola vez. Son aforismos pensados, meditados; escritos, la mayoría de ellos, en diferentes momentos a lo largo de ese periodo. El segundo nacimiento de Ziranda fue cuando, ya organizados, esos aforismos se publicaron en ocho números de la revista Universidad de México, a lo largo del año 2003. A diferencia del primero, este segundo nacimiento fue el resultado de una colaboración azarosa.

  A Bolívar Echeverría lo conocí en 1994, siendo yo estudiante de la carrera de historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Sin otra referencia que una recomendación, me invitó a participar en un proyecto de investigación sobre la cultura política moderna en América Latina. Al hacerlo, también me hizo un encargo muy específico: realizar un estudio histórico de caso poniendo a prueba su teoría del cuádruple ethos de la modernidad, de manera muy especial, el ethos barroco. Joven al fin, asumí la tarea con más entusiasmo que talento, sumergiéndome en el tema de la piratería americana en el siglo XVII.

  Al poco tiempo, comencé a pensar si ese encargo no había sido una ironía más de las que él, para entonces, me quedaba claro ejercía frecuentemente. En efecto, por debajo de su aspecto serio y adusto, reflexivo e impasible, había un constante ejercicio de la ironía, tan fina y sutil, que a menudo pasaba inadvertida. Me di cuenta entonces que ese filósofo al que le precedía la fama disfrutaba de la vida mucho más de lo que su apariencia permitía suponer; no cabe duda que tenía un alma risueña. Quizá por eso rehuía esa persistente tendencia a colocarlo en un pedestal, precisamente a él, que había encontrado en el disfrute uno de los aspectos centrales del ethos barroco.

  Desde entonces, nuestros caminos se cruzaron muchas veces y de muy diversa manera hasta el día de su muerte. Ziranda es uno de los entrecruzamientos más entrañables para mí. A finales de 2001 me integré al equipo editorial encabezado por Ricardo Pérez Montfort, que a partir de enero del año siguiente, daría forma a una nueva época de la Revista de la Universidad de México, una de las publicaciones más importantes y longevas de la vida editorial mexicana. Al comentar esa nueva aventura personal con Bolívar Echeverría, descubrí su pasión por las revistas, por ese objeto llamado revista. Incluso me hizo una propuesta muy barroca: que diéramos forma a una sección que contara la historia de otras revistas; es decir, una suerte de Meninas de revistas.

  Por diversos motivos su propuesta no prosperó. En cambio, tras meses de insistencia, terminó por aceptar mi invitación de que se hiciera cargo de una columna para cada uno de nuestros números mensuales. Vinieron entonces algunas conversaciones infructuosas sobre el contenido y nombre de su colaboración. Tal vez cansado de nuestro andar en círculos, un buen día me hizo entrega de una veintena de hojas con textos inéditos suyos. Al dármelos me dio la indicación de que escogiese los más convenientes para publicarse acorde con el tema central propuesto para cada número. Mi apresurada respuesta, “Pero Bolívar…”, se quedó en el aire. Ése era también su modo de enseñar: dejar hacer a los demás. Fue entonces cuando me di de bruces con la conciencia del quehacer editorial: hay que escoger, decidir, inventar. Sin más remedio, y con una mezcla difícil de definir, porque en ella había expectativa, reverencia, curiosidad y temor, leí lo que me había entregado. Mi sorpresa fue enorme.

  Se trataba de un conjunto de aforismos sobre los más diversos temas, carentes de orden y de título, con muy distinta extensión. Sin embargo, detrás de este aparente desorden, prevalecían las reflexiones sobre la contradicción entre valor de uso y valorización del valor; la modernidad; el capitalismo; el comportamiento barroco; el mestizaje; la cultura política latinoamericana; el exilio. Si bien esos aforismos eran reconocibles por su contenido, no lo eran tanto por su forma, atípica en comparación con lo que hasta entonces el filósofo ecuatoriano-mexicano había publicado, desde El discurso crítico de Marx (1986) hasta Definición de la cultura (2001).

  Por tratarse de aforismos o fragmentos que, como afirmó Adorno de los suyos, son “lugares de partida”, esto es, ni concluyentes ni definitivos, cabía darles cualquier tipo de orden. Me solacé jugando con ellos, cual si se tratase de distintos rompecabezas. Pero obligado por el tema de cada número en el que la columna habría de aparecer, y reconociendo en ellos algunas temáticas eje, hice una selección, les di un orden, atreviéndome incluso a ponerle un título a cada aforismo. Todo eso se lo envié a Bolívar Echeverría, que no hizo ningún cambio en cuanto a la selección se refiere, pero sí modificó gran parte de los títulos de cada aforismo, dejando alguno sin nombre. También, con la ironía que le caracterizaba, propuso un título para cada colaboración mensual. Así mismo, me indicó que deseaba su columna llevase el nombre de Ziranda; según me explicó, era el nombre de un juego consistente en resistir la mayor cantidad de tiempo posible la fuerza centrífuga que se genera cuando todos los participantes, asidos de cada una de las largas cadenas que descienden de la punta de una suerte de mástil de altura considerable, se impulsan corriendo para luego, en virtud de semejante fuerza, volar por los aires. Sobra decir que el título me pareció hermoso y significativo: una invitación a emprender el vuelo del pensamiento.

  Años después, Bolívar Echeverría pidió a Javier Sigüenza, su asistente y responsable de la página personal del filósofo, que a ella subiera los aforismos de Ziranda, dedicados a Raquel Serur. Esta versión cambia mínimamente con respecto a la que se publicó en  Revista de la Universidad de México: el nombre de una columna, llamada Fragmentos, ahora se llama Desarraigos; en ella está ausente un aforismo llamado “La Malinche y el látigo”, y se le quita el nombre de “Estrategia barroca” a otro; y en Cavilaciones de Clío, se aumenta el aforismo llamado “Guts”. Salvo eso, e insignificantes cambios, Ziranda es fundamentalmente lo mismo que se publicó en 2003.

  Ahora, en una suerte de tercer y definitivo nacimiento, la editorial ERA ha decidido publicar Ziranda como un libro, además bellamente ilustrado. De nuevo, las Meninas sirven de inspiración: el nacimiento de un nacido que previamente supo que ya había nacido.

 

REFERENCIAS


* Agradecemos a Isaac García Venegas habernos permitido publicar en esta página el prólogo que escribió para el libro de Bolívar Echeverría, Ziranda, Ediciones Era, México 2019, en el cual se compila una serie de aforismos y reflexiones de este filósofo latinoamericano, ilustrado con imágenes de Alberto Castro Leñero.

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