Presentación del libro Vuelta de Siglo de Bolívar Echeverría*

Diana Fuentes


La lectura del texto Vuelta de siglo de Bolívar Echeverría nos lanza a una multiplicidad de reflexiones y de cuestionamientos que van desde la discusión sobre el debilitamiento de la cultura –o, con precisión, de la alta cultura–, en la modernidad de los medios masivos de comunicación; pasando por el reconocimiento del fundamentalismo de la nueva ecclesia-democrática –encabezada por los EE.UU.–, misma que se concreta paradójicamente en la abstracción del terrorismo, del mal o de lo no occidental. Todo esto, sin perder jamás de vista el fenómeno sociocultural y económico de la migración que marca las relaciones y las posibilidades de autocomprensión y de emacipación social de nuestros pueblos. El texto nos lleva, por otra parte, a observar la violencia como la destrucción interna al individuo a través del mecanismo de la enajenación que garantiza el sometimiento a la estructura social y económica vigente. Y en la lectura, el autor nos llevará hasta el estudio sobre el sentido de la modernidad en América Latina, al valor del barroco como mecanismo de resistencia, a la conversión del clásico Estado nacional; así como a la reflexión del sentido de la izquierda del siglo XXI. Todo esto en un constante diálogo con la teoría y con la vida política práctica.
    Pero, sobre todo, en el texto se delinean elementos de análisis para la comprensión del siglo pasado y del ya presente siglo XXI desde la perspectiva de la filosofía política, de la estética y de la cultura; vistos desde el horizonte de comprensión de un pensador latinoamericano que se reconoce frente a las grandes problemáticas teórico-políticas que debe enfrentar el pensamiento crítico contemporáneo.
    Al hablar del momento actual como una Vuelta de siglo, Bolívar nos enfrenta a la necesidad de observar las contradicciones de las sociedades actuales y de las posibilidades que se perfilan para el futuro teniendo como base la experiencia histórica de la brutalidad, de la violencia y de las crisis que marcaron al siglo XX; todo, en un momento en el que todavía se respira la incertidumbre, el escepticismo o el cinismo abierto frente a los efectos de la caída del socialismo realmente existente y la reivindicación de la democracia liberal como la única y última forma de relación política para la humanidad. Así, Bolívar Echeverría nos muestra, entonces, en la serie de ensayos que constituyen Vuelta de Siglo, el interés del intelectual que dialoga con su tiempo, su pasado y sus contemporáneos de forma crítica. Y es posible percibir, a lo largo de la lectura, una diversidad de temas muy vasta y compleja, misma que muestra el esfuerzo constante por no permanecer o limitarse al frío análisis analítico de las contradicciones de nuestras sociedades, para anunciarlas o denunciarlas, sin más. Alejándose de esta forma de aquel intelectual al que Gramsci tipificaba como el intelectual que ve todo, que comprende todo, pero que no está dispuesto a establecer ningún compromiso con su tiempo. De tal forma que Bolívar nos muestra, a través del ejercicio del ensayo, no sólo la vía de reflexión de los problemas de actualidad, sino que también el ensayo se vuelve un vehículo que permite leer a lo largo de la obra los móviles de reflexión del pensamiento del autor.

Vuelta de siglo de Bolívar Echeverría delinea elementos de análisis para la comprensión del siglo pasado y del ya presente siglo XXI desde la perspectiva de la filosofía política, de la estética y de la cultura, desde el horizonte de comprensión de un pensador latinoamericano.

  Así que, la lectura de un texto como éste lleva al lector a encontrar de manera casi sorpresiva en la mayoría de los ensayos los puntos de encuentro en los que se muestra la caracterización de nuestra época. Es por esto que al leer la totalidad del texto y al reflexionar sobre la posibilidad de una Vuelta de siglo, el autor provoca al lector –de forma deliberada y sin necesidad de hacerlo explícito–, a reflexionar sobre las dos posibilidades de esta Vuelta de siglo; y, sin llegar a augurar un final de tintes apocalípticos para la humanidad, el lector se ve forzado a reconocer estas dos posibilidades históricas –opuestas pero igualmente posibles para el futuro–, que el autor ha puesto sobre la mesa.
    La primera, sería el resultado de la continuidad del siglo XX y de la modernidad capitalista en su variante globalizadora; escenario que a la luz o a la sombra del siglo que acaba de concluir permitiría hablar de una crisis radical, en la que la instauración del productivismo abstracto e ilimitado del sistema capitalista de producción, implica la necesaria e irresoluble vigencia de las relaciones de explotación y de reproducción de la escasez social. Este primer contexto nos remite inmediatamente a pensar esta Vuelta de siglo como la posibilidad de la repetición de lo peor del siglo XX que, lejos de formar parte de un pasado ajeno y distante, pudiese, en una perspectiva absolutamente negativa, representar el preludio de los tiempos venideros. La barbarie que ya forma parte de los anales del XX puede ser leída ahora como el anuncio de los tiempos próximos, en tanto que el camino tomado por el progreso tecnológico y científico, y por el modelo de la democracia neoliberal, sólo implica la reproducción del sistema económico vigente.
    No obstante, la lectura de todos los ensayos con su diversidad intrínseca muestra que el autor no se detiene en el anuncio de la posibilidad de la profundización de la barbarie para los tiempos venideros, sino que, lejos de ello, a la menor provocación y ante el más mínimo descuido del lector, se afirma la posibilidad y la necesidad de la construcción de un modelo social alternativo.
    Sin embargo, con toda legitimidad y de hecho como una necesidad, el lector atento debe preguntarse: qué es aquello que permite al autor atravesar el estudio de esos “fenómenos de larga duración” que caracterizan a la modernidad capitalista; o, se vuelve imprescindible preguntarse qué es lo que le permite buscar el entramado antropológico, sociológico e histórico del “mestizaje” latinoamericano o del “barroquismo” hispano para ser reivindicados como mecanismos de resistencia; o, qué es aquello que le permite analizar al neozapatismo en el marco del capitalismo mundial.
    Evidentemente, esto podría ser contestado desde muchos ángulos distintos, pero el hilo que permite encontrar una continuidad de análisis entre estos textos tiene que ver con la lente con la que se observan todos estos fenómenos, es decir, con el método que permite al autor interpretar la realidad.
    Pensemos en la palabra método, que en su sentido etimológico nos remite al camino, a la vía que se utiliza, que se transita, para analizar un fenómeno. Es así que el camino que utiliza Bolívar para analizar nuestra época y nuestra historia, esto es, la ruta de paso para dar cuenta de las dos posibilidades que se abren a inicios de este siglo, es la utilización de los conceptos del materialismo histórico. Conceptos que le permiten dar cuenta tanto de las transformaciones actuales de las relaciones sociales, políticas y económicas, como de las relaciones y las particularidades de la vida y el pensamiento latinoamericano.
    Y, no obstante esta afirmación, también es claro –tal como lo muestra su lectura de la obra de Walter Benjamín–, que hay un compromiso por hacer una reivindicación crítica del materialismo histórico. Así, el esfuerzo teórico por comprender el pasado y el mundo actual se reconstruyen desde el marco conceptual de ese historiador materialista en el que estaba pensando Benjamin; del historiador, del teórico, que es capaz de pasar su mano sobre la impecable piel de la narración histórica a contrapelo para observar las marcas profundas que ha abonado el supuesto progreso de la modernidad capitalista.
    Así que, se trata de una utilización abierta y crítica de los conceptos del marxismo, mismos que en su despliegue en el estudio de la cultura y del arte muestran la posibilidad abierta de abordar el entramado complejo de la vida social sin llegar a simplificarlo ni esquematizarlo. Alejándose, entonces, en la práctica misma del estudio de la cultura, del reduccionismo economicista que ha sido atribuido al marxismo.
    Es por esto que la afirmación abierta en muchos de los ensayos e implícita en el resto de ellos sobre el hecho de que la realización de los ideales más radicales de la modernidad bajo el sistema capitalista de producción ha sido siempre una negación de los mismos, sólo se hace posible desde este basamento teórico.


    Y son estos mismos fundamentos los que impiden que el autor caiga en una especie de catastrofismo sobre el futuro. Así, por ejemplo, cuando se aborda el tema de la crisis de la cultura, el autor no cae en la trampa de la identificación de la “alta cultura”  con la cultura popular o con el concepto mismo de cultura como manifestación de lo humano. Por lo que es perfectamente capaz de reconocer que la intromisión de los medios masivos de comunicación en la vida cotidiana de la mayoría de la población mundial, con la consecuente expansión de la hegemonía –en el sentido gramsciano del término–, de la ideológica de dominación y de la simplificación de las expresiones culturales que se reproduce a través de ellos; si bien muestra la dislocación y la separación de la “alta cultura” de la mayoría de la población, no significa la muerte de la cultura en su totalidad. Porque en todo caso la cultura y no simplemente la “alta cultura”, se define a sí misma por su dinamismo y por su capacidad de sobrevivir o de encarnar justo en los momentos de rompimiento social. Así que lo que define a la cultura no es su estatización, sino su movimiento; así, se puede comprender que todas las expresiones sociales y artísticas que fueron asimiladas por la “alta cultura” fueron en su momento expresiones de esta misma movilidad.  
    Es esta caracterización de la cultura en su movimiento y en su especificidad histórica lo que hace fascinante la lectura de Bolívar sobre el valor del barroco hispano o sobre el mecanismo del mestizaje en la América colonizada. Pero, todo esto se hace a través de este basamento teórico que permite al autor hacer un análisis tanto de la condición latinoamericana, como de la producción teórica desde América Latina. Reflexión que le lleva a la necesidad de reivindicar una filosofía hispana desde su verdadero origen y para ello propone utilizar la ya conocida estrategia barroca en América Latina, que se funda en el fenómeno del mestizaje.
    Y así, en esta comprensión del fenómeno cultural en su pluralidad, a partir de los conceptos críticos de Marx, Bolívar ve, a lo largo de la historia, que la modernidad capitalista nunca ha sido la misma ni ha sido igualitaria para todos los pueblos. Sino que, en sus orígenes mismos, la modernidad estuvo en la posibilidad de desarrollarse por una vía no capitalista; pero en los hechos, la irrupción del capital llevado de América a Europa y su forma de explotación, marcaron y definieron el tiempo y la modalidad de la modernidad triunfante.
    De tal suerte que, el pasado es leído desde una perspectiva que le permite al autor hablar de la posibilidad de una modernidad no capitalista y de una forma específica de identificación de la teórica latinoamericana.
    Así también, cobra sentido la discusión sobre las posibilidades de la izquierda en América Latina; cuyo desconcierto e inactividad es atribuido por el autor a la incapacidad de reconocer y asumir los cambios del Estado nación. Resulta interesante, entonces, que para el autor la incertidumbre de la izquierda tiene que ver con su incapacidad de comprensión sobre los cambios que han afectado al Estado nacional clásico.
    Es por ello que es muy importante resaltar que cuando Bolívar ubica la discusión sobre la desaparición del Estado nacional lo hace desde una perspectiva que le aleja de posturas como las de Hart y Negri –quienes llegan a afirmar sin más el papel absolutamente preponderante de los organismos internacionales en la construcción de las políticas económicas actuales–; pero Bolívar también parece mantener una postura bastante crítica respecto de tendencias mucho más tradicionales dentro del ámbito del espectro marxista como la de Atilio Borón.
    La diferencia radica en que Bolívar parte del reconocimiento de que el Estado nacional moderno es una empresa histórica que pretende mostrar como naturales al ser humano y a la vida social las relaciones particulares que lo constituyen; pero, también reconoce una serie de indicios que muestran que las condiciones que propiciaron dicha empresa se han debilitado de forma inneglable.
    Así, lo que resulta verdaderamente atractivo de la posición de Bolívar es su rescate de un aspecto fundamental relacionado con la discusión sobre la disolución del Estado-nación: esto es, la diferencia entre las condiciones de los Estados con economías desarrolladas, frente a la realidad y las necesidades de los Estados del tercer mundo. Desde América Latina, entonces, la globalización mundial significa en los hechos la venta y la entrega del patrimonio nacional a los monopolios internacionales. Pero, además, para nuestras naciones la globalización económica implica la oferta de la fuerza de trabajo nacional a costa de los derechos laborales más elementales y/o de la promoción deliberada y regulada de la migración. Así, el autor reconoce que el Estado nacional se encuentra en proceso de redefinición de sí mismo en el que si bien el Estado ya no es la forma privilegiada para que el capital subsuma bajo su dinámica a la existencia social concreta;  sin embargo, el Estado se mantiene con vida a pesar de su origen ficticio, así sea sólo para establecer fronteras que regulen el flujo migratorio de aquellos que nunca podrán ser admitidos como comunidad transnacional. Así, de manera frontal Bolívar nos presenta al migrante como “la nueva figura humana en esta vuelta de siglo”, en el contexto de la discusión de eso que él denomina la nación posnacional.
    Y, finalmente, llama la atención que en la entrevista que hace Carlos Antonio Aguirre Rojas sobre el impacto y los alcances del neozapatismo, y que se publica también en este texto; Bolívar afirme que el escepticismo de la juventud respecto la política y de lo político no puede ser sólo atribuida a la falta de interés crítico por el mundo, sino que también debe ser leída como una crítica en el ámbito moral, ético de la política, se le debe entender como una muestra de hartazgo; y que es eso mismo, lo que ha vuelto atractivo para muchos jóvenes de izquierda la crítica del neozapatismo a la política tradicional.
    Así, dentro de este cúmulo de reflexiones, el autor afirma en todo momento la posibilidad de generar el proyecto de una modernidad alternativa; mismo que transita necesariamente, por la comprensión del estado de las cosas en el que se encuentran las relaciones sociopolíticas y culturales de la actualidad. Ámbito en el que el pensamiento filosófico y político latinoamericano deberá reconocer el desarrollo histórico de su pensamiento para contribuir en la construcción de una sociedad diferente en esta Vuelta de Siglo.

Presentación de Vuelta de Siglo

REFERENCIAS


^ * Presentación del libro Vuelta de siglo (México, Ediciones ERA 2006) de Bolívar Echeverría en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM el 22 de febrero de 2007.

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